
Hay personajes cuya importancia se mide por los cargos que ocuparon. La de Cuauhtémoc Cárdenas también se mide por lo que hizo posible para quienes vinieron después.
Con su muerte a los 92 años, México despide a un hombre que acompañó buena parte de su historia contemporánea. Su nombre permanece unido a las plazas llenas, a las elecciones de 1988 y a una generación que comenzó a creer que el poder podía cambiar de manos mediante el voto.
Para muchos fue, sencillamente, “el ingeniero”. Una manera de nombrarlo que terminó teniendo algo de familiar: Cuauhtémoc Cárdenas, el político de expresión seria y presencia sobria que convirtió un apellido histórico en una trayectoria propia.
Nació el 1 de mayo de 1934, meses antes de que su padre, Lázaro Cárdenas del Río, asumiera la Presidencia. Hijo también de Amalia Solórzano, pasó sus primeros años cerca del poder, en una familia vinculada con las grandes transformaciones sociales de aquella época. Su infancia transcurrió entre la vida presidencial y los vínculos con Michoacán, tierra fundamental en la historia de los Cárdenas.
Aquel apellido significaba una herencia enorme. Evocaba el reparto agrario, la expropiación petrolera y las esperanzas depositadas en el gobierno de su padre. Cuauhtémoc creció con esa referencia y, con los años, encontró su propia causa: la democratización del país.
Estudió Ingeniería Civil en la UNAM. Antes de convertirse en símbolo opositor, trabajó en proyectos de desarrollo y recorrió las instituciones del sistema político mexicano. Fue senador, funcionario federal y gobernador de Michoacán entre 1980 y 1986. Conocía al PRI desde dentro: había desarrollado en él buena parte de su carrera.
Por eso su ruptura tuvo tanto peso.
Junto con figuras como Porfirio Muñoz Ledo e Ifigenia Martínez, impulsó la Corriente Democrática, que reclamaba apertura en las decisiones del partido. El desacuerdo terminó convirtiéndose en una separación que sacudió al régimen y dio paso a su candidatura presidencial de 1988.
Para quienes vivieron aquella campaña, su recuerdo conserva una mezcla de entusiasmo y herida. Cárdenas encabezó al Frente Democrático Nacional y reunió a sectores que encontraron en su candidatura una posibilidad de cambio. Su figura adquirió una dimensión que ya no dependía solamente de su familia.
La noche del 6 de julio quedó marcada por la llamada “caída del sistema”. Los resultados oficiales dieron el triunfo a Carlos Salinas de Gortari, entre denuncias de fraude y cuestionamientos que atravesaron las décadas. Cárdenas no llegó a la Presidencia, pero aquella elección alteró profundamente la relación de muchos mexicanos con el poder y con las urnas.
En 1989 participó en la fundación del Partido de la Revolución Democrática. Volvió a competir por la Presidencia en 1994 y en 2000. Entre ambas candidaturas alcanzó su victoria electoral más significativa: en 1997 se convirtió en el primer jefe de Gobierno del Distrito Federal elegido por voto popular.
La capital podía, por fin, escoger directamente a quien la gobernara. Ese cambio institucional quedó ligado para siempre a su nombre.
Su trayectoria tuvo límites, críticas y desencuentros. La esperanza que despertaba también elevaba las exigencias sobre sus resultados. Recordarlo con respeto implica reconocer esa complejidad: fue un dirigente real, con decisiones discutibles, derrotas y responsabilidades, además de sus aportaciones.
Detrás del personaje público estaba el esposo de Celeste Batel, con quien se casó en 1963 y formó una familia junto a sus hijos Lázaro, Cuauhtémoc y Camila. Una anécdota contada por él permite acercarse a esa vida menos visible: Celeste lo animaba a escribir la biografía de su padre. De aquellas conversaciones nació parte del impulso para Cárdenas por Cárdenas. En ese trabajo también estaba el hijo que regresaba a los escritos de su padre para comprenderlo.
En 2014 renunció al PRD, inconforme con la conducción del partido que había ayudado a construir. Fue una despedida cargada de significado: una parte de su vida quedaba atrás, aunque continuó participando en el debate público.
Hoy, su ausencia invita a recordar aquel México en el que una elección distinta parecía una posibilidad lejana. A recordar a quienes salieron a las calles, defendieron sus votos y depositaron sus esperanzas en un hombre al que llamaban el ingeniero.
Cuauhtémoc Cárdenas nunca fue presidente de México. Su lugar en la historia quedó en haber contribuido a que el país pudiera elegir de otra manera.
Y en la memoria de quienes lo acompañaron permanecerá aquella sensación de 1988: la de una puerta que, después de muchos años, comenzaba a abrirse.


